Jesús, Barrabás y la Independecia de los Jueces

 

 

 

Roberto G. MacLean U.

Miranda & Amado Abogados

 

 

 

Si se hiciera una encuesta sobre quién escogería hoy la población del Perú entre Jesús o Barrabás, si para decidir la libertad o muerte de uno de ellos, el resultado previsible, es el triunfo aplastante del predicador Galileo.  Pero, si pidiéramos ayuda para maquillar, disfrazar a las personas, cambiarles de nombre, país y fecha, y despojáramos así a la pregunta de cualquier prejuicio cultural condicionado durante dos mil años ¿el resultado sería el mismo? ya no estaría seguro.  En esta y otras de nuestras decisiones diarias ¿Cuánto hay de opinión fundada y cuánto de prejuicio?  Ése es el problema.

 

El asunto es de gran importancia porque ellos estuvieron o volverían a estar, frente a un juez que debería tomar la decisión.  Cualquier interferencia indebida puede significar, la diferencia entre la libertad y la prisión, o entre la vida y la muerte.  Por ello distinguir entre una opinión y un prejuicio es esencial, para que los jueces construyan -o reconstruyan- un país sobre bases sólidas.

 

El contexto político social, y la coyuntura en la que vivieron o pueden vivr los protagonistas aclaran un poco el dilema: 1). Un país sufre la ocupación de una fuerza extranjera (Perú, 1879?; Abisinia, 1938?, Varsovia 1939?, Checoslovaquia 1956?; Vietnam, 1964?; Irak, 2003?). 2). Uno de los dos personajes (Cáceres? Malraux? Mihailovich? Tito? HochiMinh?), toma las armas y se une a la resistencia, causando muertes en los invasores. Ofrece soluciones inmediatas, a corto plazo, de coyuntura.  Equivocada o correcta, la percepción popular es que se trata de un héroe. 3). El otro es un maestro de la Ley y predicador, quien cada vez que lo presionan para que se defina sobre las prioridades de mayor urgencia, sus respuestas se perciben como evasivas, a largo plazo, poco prácticas.  Bajo fuerte presión llega a decir cosas como "mi reino no es de este mundo".  Cuando es confrontado con el tema candente del momento, que son los impuestos, responde con generalidades y después de examinar la moneda del tributo con la efigie del gobernante expresa, en otros términos, el equivalente a “Dad al gobernante de facto lo que es del gobernante de facto”.  Percepción popular, equivocada o no, sobre el maestro es que la mayoría no lo considera de urgencia o de aplicación práctica para la coyuntura del momento. Es relevante, quizás, sólo a mediano o largo plazo. 

 

Si yo hubiera estado, o estuviera hoy, como un simple ciudadano, entre la muchedumbre a la que el Juez Supremo del país se dirige y pone en mis manos la decisión definitoria en base a los hechos enumerados, me temblarían las rodillas ante la posibilidad de decidir sin la información adecuada.  Y ¡ese es el truco! El falso o indebido dilema, que en el Sistema Romano de la antigüedad o en el peruano actual, no debería nunca un ciudadano tener que verse obligado a resolver sin recibir previamente la información necesaria. Porque para eso están los jueces u otras autoridades, que tienen información que no comparten honestamente con otros o, en su defecto, el poder suficiente para obtenerla.  Las presiones usualmente son enormes en cualquier latitud, pero, los jueces de cualquier lugar o época deben tener por eso, una estructura moral interior de granito o acero.

 

Sospecho -y esta es la hipótesis- que ninguno de los jueces involucrados en el caso la tienen: Caifás, jefe del Sanedrín, tribunal religioso, cuya sala plena estaba formada por setentaiun miembros, era parte interesada, y sería uno de "los sospechosos de siempre", de haber complotado para incriminar a Jesús en esta situación. Decididamente, no era imparcial.  Ni tampoco Herodes, el Tetrarca, gobernante regional nativo tolerado por la fuerza de ocupación, que había nada menos que decapitado a Juan Bautista, primo y anunciador adelantado de Jesús.  Tanto Caifás como Herodes, por mandato de las leyes imperantes refieren la decisión final a Pilatos, representante de la "Pax Romana". La autoridad máxima, en el país, de la cultura jurídica más influyente del mundo antiguo, que dio forma a las leyes de un extremo a otro de occidente y, con los siglos, también se las daría a las de gran parte del nuevo mundo y algunos de Asia y África.  Uno de los muchos principios del  Derecho Romano es "Indubio pro reo" y “Nullum crimen nulla pena sine legem”.  Y aquí viene el centro de lo que ya no es más una hipótesis, sino una tesis con fundamento: las leyes y los principios, las Pandectas, las Institutas, los Ulpianos, los Cayos, no valen nada sin los Jueces, sin la independencia moral de los Pilatos. Quien fracasó estrepitosamente en este caso, fue el Juez, en lo que fue –y todavía quizás es- el caso más conspicuo de pérdida de independencia de un Magistrado. Para entenderlo mejor, es necesario examinar la anatomía de la independencia Judicial, que no tiene nada que ver con normas constitucionales o procesales que la declaren, proclamen o garanticen, ni con provisiones presupuestales, sino con que los jueces no conozcan simplemente cuál es su función, sino que la entiendan en su total profundidad.

 

El pobre Pilatos -que en el fondo no era un mal tipo, sino de mediocre para abajo como autoridad- ejercía un cargo político y judicial que le quedaba grande por todos lados.  Los indicios que aparecen de los distintos evangelios, y documentos de la época, informan que no mucho tiempo atrás había cometido la falta de tacto y de sensibilidad cultural y religiosa de ordenar colgar estandartes romanos imperiales en las estructuras del Templo de Jerusalem.  En otra ocasión había recurrido precipitadamente a la violencia represora y derramado innecesariamente la sangre de otros galileos, que mezcló con la sangre de los sacrificios a sus dioses.  Su prestigio como autoridad, tanto frente a los judíos como ante la metrópoli imperial era sumamente débil y precaria.  Es fácil comprender cómo pudo haberse sentido frente a las terribles presiones que sufrió de las autoridades religiosas, políticas y de la muchedumbre vociferante.  Y qué lástima que Pilatos no tuvo la oportunidad de seguir el ejemplo de Jueces peruanos como Pompeyo Osores, Antonia Sacquicuray, Elba Greta Minaya, Manuel Aguirre Roca, Delia Revoredo, Guillermo Rey Terry y, hace apenas pocos meses, Jorge Barreto Herrera, y debe haber más, muchos más que han sufrido, sufren y seguirán sufriendo descomunales presiones de todo tipo. 

 

El inculpado principal –Jesús- no fue hallado culpable de crimen alguno.  Pero, en uno de estos torbellinos que desestabilizan a muchos, al Juez le tiembla la mano, no asume su responsabilidad y le sopla la plumita a la muchedumbre, para calmar los ánimos enardecidos.  Es cierto que la función de los jueces es la de resolver los conflictos y proteger los valores que consagra, precisamente, la opinión pública.  Pero la opinión pública no es necesariamente la opinión del público.  La primera está basada en el acceso libre a la información más completa, en la discusión pública y libre de alternativas, de los costos y los beneficios, y en llegar a conclusiones con transparencia, y asumiendo responsabilidades.  Las opiniones del público son, con mucha frecuencia, más que opiniones, prejuicios que cambian con las emociones y las circunstancias, y sobre las que nadie asume responsabilidad.  Como resultado, de una de éstas últimas situaciones, Barrabás salió libre. Poco después, Roma aplastó al pueblo por cuya libertad luchó el guerrillero, destruyó el Templo que hasta ese momento había sido centro y símbolo de su fe, y el pueblo de Israel se dispersó por el mundo, en la diáspora.  El otro, el ajusticiado -que entonces fue Jesús y que hoy podría ser Rosendo, Pedro, Jacinto o cualquiera- sigue con su ejemplo, abriendo cárceles, y quitando cadenas. 

 

Para ser independientes, los jueces, deben fundar sus fallos en opiniones y no en prejuicios.  Si los jueces de Jesús de Nazaret hubieran tenido el carácter sólido e íntegro de Osores, Sacquicuray, Minaya, Aguirre, Revoredo, Rey y Barreto, la historia hubiera sido otra.  Pero, ellos son peruanos y -con excepción de Osores y Minaya- todavía están en funciones judiciales.  Si lo que tienen es contagioso para otros jueces, todavía se puede cambiar la historia del Perú en el futuro.