El Mundo de la Justicia en la Biblia:  Una introducción

 

Roberto G. MacLean U.

Miranda & Amado Abogados

 

"Sepan ustedes esto y oigan lo que les voy a decir. 

No estamos borrachos como ustedes creen,

ya que son apenas las nueve de la mañana". 

Los Hechos de los Apóstoles, 2:15

 

A Juan Luis Lazarte S.J.,

a Consuelo y a Gaby.

 

I.            Obertura (Opcional, y sin relación directa con el resto)

           

Hay muchas maneras de no leer la Biblia.  Una, por ejemplo, es no hacerlo leyendo en su lugar el Mahabarattha, si es que el lector es hindú.  Una segunda manera, supongo, es contemplando con calma el arte visual bizantino, románico, gótico y prerenacentista en caso que el espectador sea analfabeto, pues para casos como el suyo es que, precisamente, se hizo ese arte.  ("La Anunciación", de Fra Angélico, en la versión que está en el primer piso del Museo del Prado -por ejemplo-, es tanto o más elocuente y expresiva que el evangelio de San Lucas sobre el particular.)  Una tercera forma, es trabajando como voluntario en cualquier proyecto que ayude a alguien necesitado y, simplemente, entre una cosa y otra, no quede tiempo para nada más. 

 

La manera que yo tuve de no leer la Biblia durante sesenta años, fue en realidad bastante más prosaica, y típica de un profesional y académico limeño de la clase media -los de provincias están mucho menos informados, pero no tienen tantos prejuicios intelectuales.  Quizás por haber sido educado por los Jesuitas de hace cincuenta años, que poco tienen que hacer con los de hoy día, me imaginaba la Biblia como un libro grueso que describía, con lujo de detalles, los tormentos del infierno (ver al respecto, el Retrato del Artista Adolescente, de James Joyce), o las formas piadosas, y genuflexiones correspondientes, para rezar el Ave María, adecuadamente.  Ninguna de las dos cosas me pareció particularmente atractiva y, para colmo, cuando ya en la universidad pregunté alguna vez con curiosidad a un cura sobre la Biblia, siempre fui advertido de los peligros de leerla sin los consejos y comentarios autorizados de un guía espiritual.  Como, por coincidencia, las personas que reunían esas cualidades siempre estaban libres a la misma hora y día que una compañera de clases, siempre terminé escogiendo salir con mi compañera, que resultó muchísimo más entretenida que lo que imaginé podría ser ese libro gordo de tapas oscuras y lenguaje tan diferente al de la gente con la que yo hablaba a diario.

 

 Muchos años más tarde -después de haber completado varios millones de millas en vuelos por el mundo-, y enfrentado a la enorme interrogante de cuál era la fisonomía de mi verdadera identidad cultural, es que descubrí que, paralelas a las innumerables formas de no leer la Biblia existían, igualmente, innumerables formas de leerla.  Siempre me había preguntado ¿por qué leerla?.  A los sesenta años me pregunté: ¿Por qué no? Mi afición por el arte visual, la música y la literatura medioevales eran un estímulo para hacerlo, porque sin esa lectura la Edad Media resulta incomprensible.  Por añadidura, para entender mejor la cultura de Occidente -además de los clásicos griegos- es importantísimo nutrirse de la única otra vertiente que la alimenta, que es, precisamente, la bíblica. Mi trabajo durante años en la reforma de la justicia alrededor del mundo, en sistemas islámicos, socialistas, anglo-sajones, latinos, etc., me crearon la urgencia apremiante e íntima de entender contornos y linderos, que sólo se sació al terminar la lectura del Torah, La Biblia, El Corán, El Mahabarattha (en versión abreviada de la completa de 32 volúmenes),  El Dhammapada y algunos más, que me dejaron sin aliento y con unos deseos irreprimibles de abrazar y besar a mi mujer ininterrumpidamente, durante toda la noche, y al día siguiente que era domingo.

 

Hay muchas razones más para hacerlo -y cada uno tiene la suya- pero ya eso es otro cantar, en el que no es mi papel ni siquiera intentar entrar.  También cada uno tiene su manera personal de leerla, y yo lo he hecho ya tres veces, de principio a fin, con estudios laterales, algunos cursos ocasionales, conferencias y conversaciones.  Mi lectura, en este caso es, sin embargo, modesta y limitada al mundo de la Justicia.  Me he entretenido mucho trabajando sobre este aspecto, que he encontrado educativo y, en ocasiones, hasta divertido. 

 

II.        El Libro del Génesis:  La Cultura de Conflictos

 

            Las historias que se relatan en los libros de la Biblia, además de las del desarrollo de una fe, que inicialmente brotan mezcladas frecuentemente con mitos, narraciones ejemplares y ritos, son también las historias de un modo de entender la vida, de una cultura, que en un momento de la historia, que podría parecer sincronizado en forma escalonada, en distintas religiones de diferentes culturas y civilizaciones, adoptan un lenguaje y formas jurídicos que evolucionan, sucesivamente, de conflictos y tradiciones a nombramientos de jueces, a elaboración de  normas, a creación de organizaciones y, finalmente, a propagación de lecciones y enseñanzas.  Este desarrollo se ramifica y vuelve más complejo, hasta convertirse en un verdadero sistema definido, con las mismas características generales de cualquier otro de los demás grandes sistemas jurídicos del mundo, del pasado o actuales.

 

En el momento en que este sistema tradicional y primitivo que se describe en el Libro del Génesis, comienza a perfilar sus confusas facciones, más o menos entre los años 2,500 al 1,800 antes de la Era Común, los territorios por donde se desplaza errante, y luego establece, el pueblo que más tarde adoptaría el nombre de Israel, están rodeados de los primeros grandes imperios y civilizaciones que habían surgido en el planeta.  Al oeste, Egipto; al norte y noreste, el reino de Micenas continuador de Creta, y el Imperio Hitita, respectivamente; al este y suroeste, el imperio Sumerio-Acadio-Babilónico y el reino de Asiria.  Al sur, un pueblo de beduinos, nómades, depredadores, y medio salvajes en comparación con sus vecinos, que ocupaban la península meridional y a los que la Biblia ya les da el nombre de árabes, y que muchos siglos después forjarían una de las más asombrosas civilizaciones que el mundo ha visto.

 

De uno de estos pueblos vecinos, específicamente el de Ur en Caldea, emigra hacia el mar mediterráneo una familia. El padre y uno de los hermanos mueren en el camino. El hermano sobreviviente, un próspero joven llamado Abraham, su esposa Sarah y Lot, sobrino carnal de Abraham, con su familia, continúan en la aventura.  La emigración se calcula que ocurre alrededor del año 2091. Como todos los emigrantes, ellos llevan consigo no solo sus ricas pertenencias y su ganado, sino también sus hábitos de comida, formas de vestir, música, costumbres, conocimientos.  Parte de este conjunto fueron las leyes, que la civilización Sumerio-Acadia-Babilónica había elaborado durante los siglos anteriores, y que se plasmaron y organizaron con el fundador de la III Dinastía de Ur, Urnammu, (entre los años 2112 - 2095) considerado por los historiadores como el primer legislador de la humanidad, propiamente dicho. No se descarta la posibilidad de que hubiese servido de muestra para la redacción, siglos más tarde, del Código de Hammurabi, hacia el 1800.

 

Del capítulo 12 al 50 del Génesis, está contenida la narración ininterrumpida de dieciocho conflictos, que comienzan en Ur y terminan en Egipto; algunos de ellos son edificantes, otros trágicos; algunos cómicos e ingeniosos; uno, el de Jacob con Esaú, tortuoso y conmovedor hasta las raíces; todos educativos, y, el último, con inesperados desarrollos y ramificaciones -por ejemplo, el primer conflicto internacional individual- y cuyo final, perfectamente podría estar acompañado, como música de fondo, con la serenidad apacible del Réquiem de Gabriel Fauré. 

 

Cada conflicto encuentra sus propias fórmulas de solución, que son reveladoras de la naturaleza esencial de la condición humana, en cualquier comunidad y tiempo.  La conclusión a que se llega con la lectura de este libro es que -como se refleja en las historias de todas las religiones del mundo que, en algún momento he podido estudiar- los conflictos, en todas sus manifestaciones, son el material mismo del que están hechos nuestra vida, nuestros sueños, nuestros amores, nuestros trabajos y nuestros reposos.  No son una ocasional excepción o un incidente aislado; ni siquiera una parte importante de nuestra vida, sino el sentido mismo de existir.  De eso trata la Biblia, y no solamente ella, sino todo el arte del mundo, y las ciencias, las civilizaciones, la historia, y, por supuesto, también el Derecho y el mundo de la Justicia.  Solamente cuando nos olvidamos de esta realidad básica, es que comenzamos a ver las cosas borrosas, nos confundimos y distraemos, perdemos la esperanza, nos desalentamos y nos alejamos del amor -que es imposible de entender fuera de este contexto- y, por supuesto,  también de la felicidad.

 

 

III.      Los Libros del Éxodo, Levítico, Números y Deuteronomio:  El Líder como Juez

 

            Para entender mejor el significado de lo que ocurre en el transcurso de la lectura de los siguientes cuatro libros después del Genésis, es útil regresar brevemente a este último, en el momento del reencuentro de José con sus hermanos y con su padre.  El entusiasmo del lector con el desarrollo de la complicada historia, puede llevar a percibirla de manera diferente a como, en realidad, ocurre.  La clave está en la advertencia que José hace a su familia (Génesis, 46:31-34) sobre la estrategia a seguir para lograr que Egipto los acepte como lo que ahora llamaríamos "refugiados económicos", no obstante que José ostenta una posición muy influyente y cercana al Faraón.  Detrás de sus consejos se puede adivinar los prejuicios raciales, culturales y sabe Dios qué otros, existentes en la sociedad egipcia de la época, así como la prudencia y sagacidad de quien los emite.  José les dice -a su familia- que los egipcios desprecian el trabajo de los pastores, y que va a pedirle al Monarca que permita a su padre y hermanos quedarse en una región de tierras buenas para el pastoreo, que nadie ocupa "porque los egipcios tienen prohibido convivir con los pastores de ovejas". Cuando José, y una delegación de sus hermanos llevan esta propuesta, el Faraón acepta sin reparos. Un fenómeno semejante se da, siglos más tarde, con los inmigrantes provenientes de las estepas del este que fueron infiltrándose, gradualmente, para desempeñar tareas menores en el Imperio Romano.  Y es lo mismo que ocurre en nuestros días con el mar de inmigrantes vietnamitas, salvadoreños, peruanos, marroquíes, nigerianos, etc que ingresan en oleadas continuas a los Estados Unidos de América, a Francia o al Reino Unido. 

 

Con el paso de los años, en dos o tres siglos, los descendientes de Jacob, que se han convertido de una extensa familia patriarcal, en una tribu y luego en un pueblo y una nación, se ven no solamente discriminados, sino sometidos y luego esclavizados.  La ocasión la pintan ideal para la aparición de un líder. Pudo haber sido Joshua o Aarón, o cualquier otro, pero fue Moisés.  Los cuatro libros siguientes son el registro de su labor judicial, legislativa, docente, además de muchas otras. Ante la imposibilidad de alterar o influir los mecanismos de poder imperiales egipcios, el nuevo líder quiebra el sistema y el orden de las cosas y en un desplazamiento masivo impresionante -pero del que no hay otro registro histórico- huye al desierto (más o menos el año 1,400).  Casi al mismo tiempo, se producen, en otros continentes, desplazamientos masivos comparables.  Pueblos arios de lo que es hoy Europa oriental y Asia central, ocupan el valle del río Indo en una epopeya que inspira las obras que son la piedra angular de la literatura y religión hindú: Los Vedas, Upanishads, el Mahabarattha, el Ramayana.  Por la misma época, un poderoso y bien equipado contingente militar griego, cruza el mar para llegar al remoto reino de Troya, y luchar una larga y cruenta guerra en la que dioses, héroes y simples mortales, inspiran los cantos incomparables de la Iliada y la Odisea.  La epopeya del pueblo que guían Moisés y Aarón, tendrá, más tarde, también su canto heroico, que se supone el propio Moisés escribe.  Los judíos lo llaman el Torah, y los cristianos el Pentateuco, pero el texto es uno solo.

 

            Mientras tanto, en el desierto, Moisés y su pueblo se desplazan durante cuarenta años -tiempo menor al que Fidel Castro lleva ya gobernando a Cuba. Durante ese lapso, como ocurre muchas veces hoy día en Guatemala, Albania, Indonesia, o la nación Zulú en Sudáfrica, el líder asume la función y se convierte en Juez.  Y, como hoy día, el Juez se ve abrumado por reclamos, peticiones y demandas que, al producirse lo que podríamos evaluar como una pequeña crisis, desemboca en la primera reforma histórica de la Justicia, y una de las dos que lleva a cabo el propio Moisés.  Esta reforma es integral y, aún hoy día, se puede aprender algo de ella.  Comienza -como debe ser- con los jueces, el perfil de las cualidades que deben reunir, su número y su organización en instancias o jerarquías.  Además, se señala la conveniencia de elaborar leyes como medio para reducir conflictos y en consecuencia el número de causas -esa es su única razón de ser: la de compatibilizar intereses  para reducir conflictos- e introduce la enseñanza de esas leyes, con el mismo propósito.  Acto seguido, se produce el nombramiento de jueces permanentes y, a continuación, Moisés se refugia en lo alto del Monte Horeb -que se supone es el hoy llamado Sinaí- y después de cuarenta días y sus noches concluye la elaboración de las 618 normas -incluidos los llamados Diez Mandamientos- que forman la base y cimiento del Orden Legal y Judicial del Judaísmo.  Unos siglos antes, el Imperio Sumerio-Acadio-Babilónico había acabado de producir el Código de Hammurabi (año 1,800).  Es difícil sostener -así lo estiman los historiadores profesionales del Derecho- que las varias coincidencias entre ambos cuerpos legales, son resultado de una inspiración o de algún tipo de influencia -como siglos después ejercerían el  "Corpus Iuris" de Justiniano sobre la Europa Medioeval, y el "Código Napoleón" sobre Europa y el nuevo mundo de Iberoamérica- o si son solamente el reflejo de culturas y sociedades que en muchos aspectos no eran tan diferentes.  La duda quedará flotando en el aire.

 

IV.       Los Libros de Josué y de los Jueces:  El Juez como Líder

 

A la muerte de Moisés, Josué con los jueces y sus pueblos, cruzan el río Jordán y se establecen y organizan en el nuevo territorio.  Después de concluida la invasión, y durante más de tres siglos (1375 a 1050) Israel es gobernada por Jueces. Dos historias pueden reflejar este periodo con verosimilitud y relieve.  La primera es la de Jefté, el hijo de una prostituta, historia que, sin embargo, no tiene nada de insultante, denigrante o discriminatoria para él.  Todo lo contrario, ciertos rasgos de Jefté, pueden compararse de igual a igual, con los de Sócrates; y la gigante dimensión moral de su tragedia, con la  de Agamenón e Ifigenia.

Su infancia, como es fácil de imaginar, no fue precisamente feliz.  En algún momento, presumiblemente en la adolescencia, huye de su casa y se une a una pandilla de desadaptados que se dedican a cometer fechorías.

Su fama como depredador, debe haberse propagado por la comarca como una versión temprana y lejana de un "Billy the Kid", aunque con mayor inteligencia y, por eso, con mayor fortuna.  El hecho es que los pobladores de la zona, amenazados por invasiones y peligros foráneos -y a falta de una mejor opción-, lo buscan para pedirle que se convierta en su líder y juez.

En ese momento, las grandes civilizaciones vecinas -Sumerio-Acadio-Babilónica y Egipto- habían desarrollado sistemas de justicia relativamente complejos.  Pero en Israel la situación era distinta.  Las tribus de Jacob eran un pueblo "sub-desarrollado" frente a su entorno. La imagen de los jueces en esos azarosos siglos no sería fácilmente reconocible para los habitantes del Siglo XXI.  Los jueces eran, en realidad, magistrados por horas o a tiempo parcial.  El resto de su importante trabajo era político y militar.  El juez había asumido adicionalmente la función de líder. 

Es así que Jefté, nuestro héroe, en un momento de apurado apremio en que la misma existencia de su pueblo está en peligro, sin sufrir coerción alguna, pero sin medir cabalmente las inesperadas consecuencias que podía traer su acto, hace una promesa solemne que, con la claridad moral de Sócrates en el cumplimiento de la Ley, y con las terribles consecuencias que Sófocles describe para Agamenón, lo lleva a tener que matar a su propia y única hija.

 

No hay muchos jueces de su estatura moral que se puede encontrar en la historia humana; aunque algunos de sus contemporáneos, como Deborah -la primera juez mujer- y el valiente Gedeón, también fueron notables.  Si embargo, nadie los recuerda en nuestros días, cayeron en el olvido total. 

 

De los jueces de esa etapa, toda la fama se la llevó, injustificadamente, Sansón -el de la segunda historia (Jueces, 13 a 16) que fue quizás, el primer triunfo del sensacionalismo desmedido. Saint-Saens compuso inspirado en su historia una bellísima ópera y ha habido poemas y dramas, además; Hollywood produjo por lo menos un filme, protagonizado por Víctor Mature; debe haber decenas de gimnasios en Manila, Cairo, Dublin, Toronto o Panamá que lleven su nombre; y hasta, quizás, vitaminas, productos alimenticios y hasta posiblemente prendas de vestir. Sansón, nació realmente bendecido por Dios, y dotado de una fuerza física excepcional.  Sus padres lo consagraron desde muy joven como Nazareo al servicio divino, y fue luego ungido Juez.  Hasta aquí la historia es admirable.  Pero por lo demás, Sansón fue conflictivo, estúpido, bruto a lo bestia, putañero y promiscuo.  Como era de esperar, su conducta lo llevó a perder su esposa, distanciarse de su familia, perder su extraordinaria fuerza, su vista y, finalmente, hasta la propia vida.  La comparación entre Jefté y Sansón es elocuente sobre los engaños de la fama y el éxito de cualquier tipo.  No necesita de argumentos adicionales.

 

Después de todo esto, y pensándolo bien, ser un hijo de puta no es un mal comienzo para llegar a ser un gran Juez. La afirmación queda reforzada con el sustento que, de acuerdo al Libro del Génesis, recién cuando el ser humano toma conciencia de que sus días en La Tierra están contados, y sellados con la impronta indeleble del esfuerzo, el sudor y el sufrimiento; y de que todo su trabajo no hace sino precipitarlo, finalmente, a ser sólo polvo ("cenizas, humo, nada"); recién entonces, es que el hombre "Se ha hecho Juez de lo bueno y de lo malo" (Génesis, 3:22). Si además, con el tiempo (y "por ventura"), en sus andanzas por la vida, y los caminos del mundo, entre aeropuertos y bibliotecas; discotecas y expedientes, restaurantes y noches de luna (o "entre las ollas y los pucheros" como diría Teresa de Ávila), llegara, "a extender su mano y tomar del Árbol de la Vida, pues viviría para siempre" (Génesis 3:23)… No está del todo mal.

 

 

V.        Los Libros de Samuel, Reyes, Crónicas y los de los Profetas:  El Rey como Juez y el papel de los intelectuales y de la sociedad civil en la eficiencia social de la Justicia.

 

            La muerte de Sansón –con todo el clima general de insensatez que la rodeó- marcó el comienzo del fin del gobierno de los Jueces; de su autoridad y eficacia social, cuando el resultado de su función dejó de producir impacto en la comunidad.  Muy poco después, el narrador del Libro de los Jueces, se ve obligado a anotar que "como en aquella época aún no había rey, cada cual hacía lo que le daba la gana" (Jueces, 17:6) y reitera la misma apreciación muy poco después (Jueces, 21:25). Se estaba incubando un cambio político importante. Evidentemente el apogeo de los Jueces había pasado.  Habían perdido su liderazgo y con él la fuente natural de su autoridad.  Los desmanes y  desordenes se propagan, como queda evidente de la historias de Micaías (Jueces 17 y 18) y del levita y su concubina (Jueces 19 y 20).  Como ocurre en la actualidad alrededor de todo el mundo -y contrariamente a lo que sostienen los que padecen de la ilusión óptica de que los Sistemas de Justicia son un monopolio del Estado- cada vez que los Sistemas Judiciales no funcionan, las sociedades desarrollan espontáneamente una gama amplia de alternativas, que van desde las pacíficas como la mediación y el arbitraje, hasta el linchamiento popular y el terrorismo.  Como ocurrió durante el período cubierto por el Libro del Génesis, en esta etapa la comunidad vuelve a asumir su papel de generadora de propuestas y soluciones y, en el primer gran conflicto que surge entonces, entre las Tribus de Dan y Benjamín, dos de las doce de Israel, este concluye con una fraterna  e ingeniosa reconciliación.

 

En el breve libro de Rut, que sigue al de los Jueces y precede al de Samuel, se destaca -entremezclado entre lo que es la primera historia en la Biblia que tiene carácter intimista y tierno, además de hermoso-, el papel jurídico importante que desempeñan los ancianos del pueblo; como ocurre, aún en nuestro tiempo, por ejemplo, en Guatemala, Albania, Indonesia, o en las reservas de indios americanos en los Estados de Nuevo México y Colorado en los Estados Unidos.  En este estado, de no sé si llamar anarquía o espontánea desorganización, aparece un personaje que es difícil identificar como líder, a menos que se piense en un liderazgo intelectual de participación ciudadana que no aspira exactamente a gobernar, pero que tampoco quiere ser un espectador pasivo de lo que ocurre alrededor.  A Samuel -que ese es su nombre- además de Profeta, muy bien podríamos llamarlo "el primer ciudadano moderno", y embrión de lo que a hoy damos el nombre de "sociedad civil".

 

Samuel siente el llamado a participar activamente en dar forma al futuro de su pueblo, y es el promotor de la instauración de la monarquía en Israel, en la cabeza de Saúl (año 1050). Monarquía cuyo establecimiento trae consigo una supeditación implícita de los jueces al poder político por un lado, y al poder religioso de los levitas por otro.  Los monarcas asumen, de hecho, la última y final instancia de la Justicia, en lo que constituye la tercera de las cinco reformas judiciales que figuran en la Biblia.  Con el tercero de los reyes, -Salomón- la justicia llega al esplendor y cenit que llegaría a alcanzar en todo el Antiguo Testamento.  Aún en la actualidad, continúa siendo un paradigma para los jueces en la cultura de Occidente y Medio Oriente.  El fallo que pronuncia Salomón en la famosísima disputa entre dos prostitutas por la maternidad de un niño (1 Reyes, 3:16-28), fallo en el que, dicho sea de paso, merece tomarse en cuenta el hecho que no se cita ni una sola de las 618 leyes de Moisés, ni un precedente de los que hubiese, ni doctrina de los juristas, sino que se examina, con percepción lúcida, la naturaleza y características específicas de los intereses reales del conflicto entre las dos mujeres.  El único encuestador de percepción ciudadana que funcionaba en la época -el cronista de los Libros de los Reyes- comenta sobre el particular, que "Todo Israel se enteró de la sentencia … y sintieron respeto por él" (1 Reyes, 3:28).  Solamente el fallo en el caso de Brown versus Board of Education, que puso fin a la segregación racial en los Estados Unidos de América, pronunciado en los años cincuenta del Siglo XX, puede repetir el impacto social y la trascendencia que puede producir un sistema de justicia socialmente eficiente, en la comunidad a la que sirve.  Al morir Salomón, sube al trono Roboam, un joven inepto e imprudente, que interrumpe lo que había sido una corta, pero extraordinaria, dinastía que se había iniciado con su abuelo David, y continuado con gran fama por su padre, y en la que los reyes, además de gobernantes y jueces, habían sido poetas, filósofos e intelectuales.  David es el autor de más de cien hermosos Salmos que reflejan la euforia de vivir.  Su hijo Salomón escribió la joya de la poesía amorosa del mundo antiguo que es el Cantar de los Cantares; es autor, además, del libro de los Proverbios y, según se considera, escribió el que podría ser quizás el más profundo y sabio de los libros de la Biblia: El Eclesiastés.  Este último es el epicentro de un terrible y destructor movimiento sísmico que reduce a escombros la feria de vanidades que se exhibe en la vida, y en la Justicia, por supuesto (Eclesiastés, 18:11).  Las ondas que expande este fenómeno se desplazan a través de los siglos y los milenios, y llegan hasta insospechadas y distantes playas, que sólo un corazón en calma y una mente abierta pueden, en una noche de amor, reconocer todavía, apenas perceptibles para el público, pero que ahí están, en el valse "El Guardián" de Felipe Pinglo, o en el tango "Cambalache".

A la muerte de Salomón, Israel ya había visto pasar el apogeo de la Justicia de los Reyes.  Lo que siguió es harina de otro costal y una historia diferente.  El país se dividió en dos reinos: el de Judá y el otro, que siguió llamándose de Israel.  Comenzaron ya a aparecer rasgos sombríos en la Justicia que, tanto David (Salmo 15 (14) y Salmo 58 (57)) como Salomón (Proverbios, 18:5 y Eclesiastés, 18:11) en su calidad de intelectuales, denunciaron como advertencia ante los primeros síntomas del deterioro.  En efecto, el autoritarismo -que ya había aparecido temprano desde la época del desierto (Números, 16:2)-  los abusos y la corrupción -sorprendentemente, en formas fáciles de reconocer y familiares para la población del Siglo XXI- se propagaron y dieron lugar a una intensa actividad, trabajos y denuncias, de una nueva especie de ciudadanos, los Profetas, para los que no hay un equivalente exacto en nuestra época, pero una de cuyas múltiples facetas, y la menos conocida, quizás, es, la que probablemente desempeñan hoy en día, con mucho éxito, las diversas organizaciones de Derechos Humanos.  Samuel, el valiente y audaz Elías, el tenaz Eliseo, el extraordinario y visionario Isaías, Manasés, Amón, Josías, Joacaz, Joacín, Jeremías, el arrojado y exitoso Daniel -triunfante al poder desenmascarar a dos jueces corruptos (Daniel, 13), Amos, Miqueas, Sofonías, son parte de esta multitud de luchadores y defensores del individuo. Se inspiran, quizás, en el Libro de Job, quien lejos de ser la imagen de la paciencia como muchos piensan, es con mayor exactitud, símbolo de una indesmayable, perseverante y obsesiva lucha por la Justicia.

 

Pero, además, los Profetas son intelectuales estudiosos de los fenómenos sociales y jurídicos de su tiempo y comienzan a notar una resquebrajadura entre teoría y práctica, entre ley y conducta social que se va ampliando, conforme aumentan la autoridad y los poderes de legisladores y Jueces, y conforme estos van perdiendo contacto con el pueblo y con las opiniones que expresan los valores, creencias, ideas y sueños de las sociedades.  La eficiencia social de las leyes y la justicia presenta problemas que ya constan por escrito (1 Samuel 21:6; Isaías, 21:13; Ezequiel, 33:31; Oseas, 6:6; Habacuc, 1:3).  Lloviendo sobre mojado, y para completar el cuadro, las pequeñas luchas alrededor, con los vecinos, son eclipsadas cuando aparece en el horizonte la amenaza de las grandes potencias.  En los siglos XX y XXI, les pudo pasar -y les pasó- a Guatemala, Panamá, Polonia, Checoslovaquia, Hungría, Letonia, Estonia, Lituania, Vietnam, Irak y quién sabe a quiénes más.  Pero, en aquel entonces, les pasó a los pequeños reinos de Judá e Israel.  Primero fue Asiria, luego Babilonia; más tarde Alejandro Magno, y luego Roma.  Todos ellos invadieron, ocuparon, saquearon, desterraron y destruyeron todo; quedaron solo ruinas, silencio y soledad.  Pero, como diría en el siglo XVII el poeta japonés Matsuo Basho, en un haiku: "Aun en la tierra desolada por la guerra, la hierba vuelve a brotar en la primavera".  Así, pues, después del despojo y del saqueo, entre los escombros humeantes del Templo, quedaron, intactos, el pensamiento, la imborrable experiencia, las cicatrices del dolor y del sufrimiento, la indestructible esperanza y, finalmente, el compendio y resumen de todos ellos juntos: Las Leyes de Moisés y un sistema ético, que marcaron -quien sabe si para siempre- al mundo occidental, al medio oriente, a una parte importante de África y a parte de Asia Central y del Sudoeste.

 

VI.       Los Libros de El Nuevo Testamento para los Cristianos:  La revolución de Jesús de Nazaret como Jurista

 

Después del lapso de quietud que los cristianos llaman el período intertestamentario, se escribe el llamado Nuevo Testamento que gira en torno a la figura de Jesús de Nazaret. Es tan grande la popularidad de Jesús alrededor del mundo, y tal su reputación como guía espiritual, maestro, predicador, sanador de enfermos -sin mencionar siquiera sus vinculaciones familiares- que apenas si se toma en cuenta la importancia de su obra y su calidad inexplorada como maestro de la ley, que valen la pena resaltar.  Ellas tienen mayor vigencia en nuestros días que la de cualquier otro de los juristas de la antigüedad, incluyendo los de Roma.  Más aún, no hay ningún jurista, en ninguna época de la historia, que haya alcanzado la difusión tan amplia de su doctrina, aunque la adherencia a la fe religiosa que él inspiró, propiamente dicha, -si bien mayor que la de cualquier otra creencia de este tipo considerada singularmente-  sólo comprende a un tercio del total de la población mundial.  Aunque más reciente, la labor legislativa de Mahoma, en el Corán, las Sunna y el Hadith, tampoco se le compara.  En el apogeo actual de Islam, su pensamiento jurídico no llega ni a la mitad de estas cifras.  El mundo jurídico Hindú, a partir de las leyes de Manu, vive circunscrito geográfica y étnicamente.  Confucio, vivió siempre a horcajadas entre la administración pública y la docencia, no tan cerca de la Ley y la Justicia, comparativamente hablando.  Y Sidharta Gaudama, El Buda, escogió el camino de la docencia iluminada, y desde ahí ejerció su influencia globalizadora, más que a través de un sistema jurídico.

 

El sistema legal del Judaísmo dentro del  que Jesús se formó, actuó como jurista, y murió, había realizado ya antes de su tiempo -como hemos visto a lo largo de esta introducción- una tarea de impredecible trascendencia judicial, legislativa y docente. En el Talmud, además, desarrolló un importante cuerpo de doctrina; y fue la base sobre la que nacieron y se desarrollaron dos otros importantes sistemas jurídicos del mundo:  el Derecho  Canónico, y el "Shari'a" Islámico, a partir, precisamente, de Mahoma.  Curiosamente, estos últimos fueron los que propagaron por el mundo, más allá de lo que habían sido los límites geográficos naturales del Judaísmo, sus sólidas bases.  En cierta forma, lo universalizaron.

 

Lo impactante y paradójico del pensamiento legal de Jesús, es que desde el inicio insistió en que no pretendía cambiar la ley en absoluto; sino que, por lo contrario, su empeño era llevarla a la plenitud.  Es decir, en lenguaje actual, lograr su plena eficiencia social. En esta forma, al mostrar al mundo la esencia y razón social, económica y política de las leyes, es que puso en marcha una reforma que no termina de completarse aun hoy en día.

 

Sin embargo, su proyecto renovador resulta desconcertante para el foro israelita, pues incurre, al llevarlo a cabo, en numerosas infracciones a la ley y, en un caso, llega hasta alterar con sus actos el orden público. Esta aparente incoherencia se explica al revelar Jesús la esencia de su pensamiento. Los estudiosos de la ley – los académicos teóricos – le preguntan en una ocasión cuál, si alguno, es el mandato más importante, entre los 618 promulgados por Moisés.  Su categórica respuesta fue: "Amar a Dios sobre todas las cosas, y a tu prójimo como a ti mismo".  Fue la primera vez, entre los sistemas legales que conozco, que aparece una norma superior que sirve como término de referencia para determinar la legitimidad de todas las demás. Una especie de "Constitucionalismo” del Amor (en términos sociales o políticos “Amor” se traduce como “Servicio”). Reorienta, así, el viejo criterio -duro de erradicar- de la autoridad “per se” de las leyes, hacia una nueva cultura de servicio.  El hombre -dice su nuevo principio- no existe para servir a la ley, sino la ley para servir al hombre.  Y, -para evitar distorsiones-, expone la parábola del Buen Samaritano, cuyo significado jurídico exacto no es la supuesta indiferencia o insensibilidad del fariseo y, luego, del escriba; sino la oposición entre la interpretación literal y burocrática de la ley Mosaica – que prohibía tocar nada sangrante y exigía en caso de hacerlo una purificación – en circunstancias en que esta ley entraba en conflicto con otra ley Mosaica, de amar al prójimo, en una situación agravada por la necesidad y hasta la urgencia.  Era un problema de prioridades o jerarquías. Los equivalentes contemporáneos son los juristas, que se escudan en frases como "La ley es la ley", y no ejercen su capacidad discrecional y creadora para discernir prioridades, o para entender las realidades detrás de las formas generales y abstractas de las leyes.

 

Pablo, el más destacado comentarista de Jesús, resume con brillantez este principio, en una frase que todavía hoy constituye un reto, mucho más acentuado en los países en vías de desarrollo en que la comunidad está dislocada del sistema legal y judicial:  "La ley es solo una sombra … y no la realidad misma" (Hebreos, 10).

La realidad de las leyes en una cultura de servicio, consiste en la eficiente compatibilización de los intereses en conflicto de los diversos grupos sociales; así como en la protección de los valores construidos por la opinión pública que las leyes deben recoger –para establecer prioridades- y los fallos de la justicia proteger cubriendo los intersticios que deja la generalidad y abstracción de las leyes. Ambos deben forjarse sobre una información sin restricciones, ser discutidos libremente, y compatibilizados en normas o fallos elaborados con absoluta transparencia. 

 

Esta misma sería, en síntesis, dos mil años después, mi recomendación profesional como punto de partida del proceso para cerrar la enorme grieta que existe en el Perú entre la ley y la realidad.  Y, pensándolo bien, también para el proceso de nuestra integración eficiente a un mundo global, competitivo y diverso.

 

VII.     Final (Opcional, y sin relación directa con el resto)

 

            Cada uno sabrá sobre la eficacia que tiene o puede tener la Biblia como espantapájaros de dudas, sombras, tormentas y perplejidades.  Pero creo que para cualquiera, y en cualquier lugar del mundo, el paisaje que ofrece como regalo para los cansados, los agobiados, los tristes, los perdidos y los aburridos este Himalaya de la sabiduría y de la cultura, es espectacular.  Igual que su desconcertante ternura, su inesperada frescura de brisa, su perfume de permanencia, su “valiente alegría", su suavidad de murmullo, y su poblada soledad.  Como dice con claridad deslumbrante, un poema persa escrito en el siglo XII por el místico sufi Mevlana Jalaludin Rumi: 

 

"Del corazón a los labios

corre el hilo con el que se teje el secreto de la vida.

Las palabras rompen el hilo,

pero el secreto habla en el silencio".